Si tuviera que desquitarme con alguien, sería con todos. Cuando uno grita y no escucha, simplemente grita y no escucha. Eso no es nada nuevo. ¿Pero existe acaso algo nuevo en el mundo? Ni siquiera el presente, mucho menos el futuro. Todo es repetición o espejismo. Incluso la verdad, que no pasa de ser un consenso. Y no estoy descubriendo la pólvora. A eso me refería.
Si pudiera caminar en un nylon finísimo, lo haría entre dos pescuezos rígidos o dos postes de tendedero, no más. Y no exigiría alas a nadie.
Así somos felices los infelices.
Así pasamos el rato los apurados.
Cargo mi celular. Cargo mis vicios envasados y organizados como pocas cosas en la vida, que acaba tarde o temprano. Y aunque alguien diría es bueno tener reservas, yo les aseguro: no hay que reservarse nada.
Todo guarda siempre una ironía. Todo tiene una manera graciosa de contradecirse (o reafirmarse). Y así podría definir la eternidad, entendida como insignificancia o desmedro, como algoritmo salvaje que espera (que corre) sin números ni silogismos, pero de un modo suavemente lúgubre y expirado.

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