viernes, 10 de junio de 2011

Manifiesto neo absurdista heterodoxo con destellos de postmodernidad


Por una vez en mi vida quiero (me gustaría) decir algo constructivo y no tener que perder el tiempo disfrazado de sicalíptico pájaro o torpe individuo que trepa por las paredes del vecindario asustando a las escolares que acaban de descubrir la belleza de un pubis bien depilado. Por una sola vez, quisiera entender el drama de los cuadernos cuadriculados, la ingenua credulidad que lleva a las palomas a morir estrelladas contra su propio reflejo y el conflicto existencial de los mandriles que luego de aparearse devoran las cabezas de los machos más débiles, buscando así recargar sus bolas con un bufet de sinapsis.

Por una vez en mi vida, quiero volar hacia algo concreto, real como los gatos que huyen de la mañana y de los perros famélicos, camuflados en el tráfico y la facilidad con que pasa el tiempo, una sábana blanca o las huellas de un homicida que vuelve a la escena del crimen. Porque ellos siempre vuelven con su bolsa de pan, si son sicarios, o un libro de Bukowski o Alex Marx –¿No conocen a Alex Marx? –, si son poetas. Y sobre los poetas debo decir que dejaron de existir hace mucho tiempo, con la maldita costumbre de glorificar las diásporas, de prevenir los cánceres que curan la violencia, pero no la furia ni las otras venéreas que habitan los bares de mujerzuelas ebrias, chicles masticados hasta el hartazgo y una rata blanca paseándose entre las cervezas.

Por una vez en mi vida quiero poder volar y cazar al pájaro que, diariamente y envuelto en llamas, ultraja a las gallinas de mi corral.


jueves, 9 de junio de 2011

Desinflando mosquitos en el espejo (del baño)


Como todo, como casi todo lo que nos rodea y se impregna de nuestra desgracia, los mosquitos del baño se posan en el espejo dándole infinidad de significados a su insignificancia. Y aún así, valga o no valga la pena esta redundancia, los desinflaré a todos hasta quedarme dormido y silencioso, como las medias ahogadas de un mensajero que no encontró al destinatario de sus bultos.

Porque hoy no tengo sobre quién descargar mi lujuria hasta causarle algún placentero daño intraintestinal, porque no pienso inscribirme en la Armada Invisible de tus fantasías otoñales y, sobre todo, porque hoy descubrí que las tardes se encienden cuando uno -con o sin intención- manda todo a la mierda y se alista en guerras ajenas con parajes tan desoladores como el dedo de un niño herido por su tajador, o un plato de seco de pollo sin pollo ni frejoles.

Y no se trata de escupir al cielo. Yo escupo a las palomas que alguna vez me cagaron el sueño de volar como un zepelin sobre la ciclovía de la avenida Arequipa, convertido en el súper héroe de una ciudad en tinieblas y disuelta en su propia deformidad: el tráfico más terrible se llama pediculosis y lo padecen las autopistas de tu cabeza. Pero nada de esto tiene sentido y posiblemente tampoco debí escribirlo.