miércoles, 23 de noviembre de 2011

Estrofas estratofónicas


1.
Todos arrastramos una sombra. No importa el nombre ni el brillo en los dientes de quien avanza por la ciudad jalándola de los pelos (o la cresta, o la cola). No importa si se detiene para mirar atrás, aunque sólo sea para sentirse perseguido. No importa nada en realidad. Todos llevamos un poco de oscuridad atornillada a los ojos. Todos nos movemos sin piedad alguna por las arterias de la existencia (me siento muy comprometido con ciertos conceptos), armando cometas con papeles de nada, volando en las cáscaras de una verdura realmente asquerosa, dando un paso tras otro como si fuera necesario.

2.
Quisiera decir que todos tenemos las mismas malas costumbres. Orinar descalzo, por ejemplo, desconfigurar celulares o cualquier otra cosa que reciba mensajes de texto (cada vez menos útiles), pero no puede ser cierto, y yo siempre trato de decir cosas ciertas o al menos certeras, a pesar de mi evidente incongruencia y las ganas que me caracterizan de seguir adelante en empresas inútiles, absurdas y estúpidas. Quisiera parecer menos frívolo y más trascendental, pero nada de lo que habita este mundo se caracteriza por eso. Creo que nada es indicio de algo. Creo que algo es indicio de todo. Creo que todo es indicio de aquello que no podemos ver.

3.
Soy un maldito pájaro de metal extraviado en cielos metafísicos, un niño engreído que corre desnudo en los supermercados, tumbando botellas de champú y volteando los carritos de las señoras. A veces aúllo o mordisqueo las patas de las mesas, las sillas, los trípodes de las cámaras que lo registran todo y lo eternizan, incluso el color ocre de unas pocas miradas bajo la lluvia. A veces disparo mis puños como Astroboy, le apunto a las cabezas calvas de los señores y me río mientras los puños regresan y se ensamblan a mis muñecas, después vuelvo a disparar pero manos abiertas, y entonces son lapos los que reparto a los chibolos que se escupen, se patean y se humillan entre ellos sin dejar de ser amistosos. A veces no disparo puños, sino balas o fuego, como Cobra, y entonces extraño tu humedad en mis dedos y esa voz extasiada que me lame los oídos. A veces simplemente no disparo nada, pero quisiera dispararme un misil. 




domingo, 16 de octubre de 2011

Los rectángulos imposibles


Pensaba en ciertas cosas que leí por ahí, cosas que también pensé antes de leerlas y que ahora percibo con cierto disgusto. Todo tiene un sentido, aunque a veces este conduzca irremediablemente al vacío. Debería ordenar mis ideas antes de atreverme a exponerlas, pero prefiero una metáfora, una hermosa metáfora que lo resuma todo en dos o tres palabras. Las palabras a veces me aburren. La humanidad se aburre de todo y por eso evoluciona, engorda y muere despedazada por su propia ferocidad. 

Hay un tren que recorre la realidad transportando los malos recuerdos. Tal vez hoy no debí despertar.

Quisiera que un bosque me trague. Que uno de los tantos árboles parecidos a mí empezara a caminar ensartando en sus ramas desnudas las ropas de todas las mujeres hermosas del mundo, que la desnudez femenina fuera una obligación para evitar inconvenientes, que los inconvenientes no fueran obligación y que ahora no me importe nada, sólo sonreír como un subnormal con un plátano en la mano, sentado sobre un ladrillo o una silla de plástico, en un mundo inestable y hermoso como una burbuja de mercurio.

viernes, 10 de junio de 2011

Manifiesto neo absurdista heterodoxo con destellos de postmodernidad


Por una vez en mi vida quiero (me gustaría) decir algo constructivo y no tener que perder el tiempo disfrazado de sicalíptico pájaro o torpe individuo que trepa por las paredes del vecindario asustando a las escolares que acaban de descubrir la belleza de un pubis bien depilado. Por una sola vez, quisiera entender el drama de los cuadernos cuadriculados, la ingenua credulidad que lleva a las palomas a morir estrelladas contra su propio reflejo y el conflicto existencial de los mandriles que luego de aparearse devoran las cabezas de los machos más débiles, buscando así recargar sus bolas con un bufet de sinapsis.

Por una vez en mi vida, quiero volar hacia algo concreto, real como los gatos que huyen de la mañana y de los perros famélicos, camuflados en el tráfico y la facilidad con que pasa el tiempo, una sábana blanca o las huellas de un homicida que vuelve a la escena del crimen. Porque ellos siempre vuelven con su bolsa de pan, si son sicarios, o un libro de Bukowski o Alex Marx –¿No conocen a Alex Marx? –, si son poetas. Y sobre los poetas debo decir que dejaron de existir hace mucho tiempo, con la maldita costumbre de glorificar las diásporas, de prevenir los cánceres que curan la violencia, pero no la furia ni las otras venéreas que habitan los bares de mujerzuelas ebrias, chicles masticados hasta el hartazgo y una rata blanca paseándose entre las cervezas.

Por una vez en mi vida quiero poder volar y cazar al pájaro que, diariamente y envuelto en llamas, ultraja a las gallinas de mi corral.


jueves, 9 de junio de 2011

Desinflando mosquitos en el espejo (del baño)


Como todo, como casi todo lo que nos rodea y se impregna de nuestra desgracia, los mosquitos del baño se posan en el espejo dándole infinidad de significados a su insignificancia. Y aún así, valga o no valga la pena esta redundancia, los desinflaré a todos hasta quedarme dormido y silencioso, como las medias ahogadas de un mensajero que no encontró al destinatario de sus bultos.

Porque hoy no tengo sobre quién descargar mi lujuria hasta causarle algún placentero daño intraintestinal, porque no pienso inscribirme en la Armada Invisible de tus fantasías otoñales y, sobre todo, porque hoy descubrí que las tardes se encienden cuando uno -con o sin intención- manda todo a la mierda y se alista en guerras ajenas con parajes tan desoladores como el dedo de un niño herido por su tajador, o un plato de seco de pollo sin pollo ni frejoles.

Y no se trata de escupir al cielo. Yo escupo a las palomas que alguna vez me cagaron el sueño de volar como un zepelin sobre la ciclovía de la avenida Arequipa, convertido en el súper héroe de una ciudad en tinieblas y disuelta en su propia deformidad: el tráfico más terrible se llama pediculosis y lo padecen las autopistas de tu cabeza. Pero nada de esto tiene sentido y posiblemente tampoco debí escribirlo.