jueves, 9 de junio de 2011

Desinflando mosquitos en el espejo (del baño)


Como todo, como casi todo lo que nos rodea y se impregna de nuestra desgracia, los mosquitos del baño se posan en el espejo dándole infinidad de significados a su insignificancia. Y aún así, valga o no valga la pena esta redundancia, los desinflaré a todos hasta quedarme dormido y silencioso, como las medias ahogadas de un mensajero que no encontró al destinatario de sus bultos.

Porque hoy no tengo sobre quién descargar mi lujuria hasta causarle algún placentero daño intraintestinal, porque no pienso inscribirme en la Armada Invisible de tus fantasías otoñales y, sobre todo, porque hoy descubrí que las tardes se encienden cuando uno -con o sin intención- manda todo a la mierda y se alista en guerras ajenas con parajes tan desoladores como el dedo de un niño herido por su tajador, o un plato de seco de pollo sin pollo ni frejoles.

Y no se trata de escupir al cielo. Yo escupo a las palomas que alguna vez me cagaron el sueño de volar como un zepelin sobre la ciclovía de la avenida Arequipa, convertido en el súper héroe de una ciudad en tinieblas y disuelta en su propia deformidad: el tráfico más terrible se llama pediculosis y lo padecen las autopistas de tu cabeza. Pero nada de esto tiene sentido y posiblemente tampoco debí escribirlo.

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