Pensaba en
ciertas cosas que leí por ahí, cosas que también pensé antes de leerlas y que
ahora percibo con cierto disgusto. Todo tiene un sentido, aunque a veces este
conduzca irremediablemente al vacío. Debería ordenar mis ideas antes de
atreverme a exponerlas, pero prefiero una metáfora, una hermosa metáfora que lo
resuma todo en dos o tres palabras. Las palabras a veces me aburren. La
humanidad se aburre de todo y por eso evoluciona, engorda y muere despedazada
por su propia ferocidad.
Hay un tren que recorre la realidad transportando los malos
recuerdos. Tal vez hoy
no debí despertar.
Quisiera
que un bosque me trague. Que uno de los tantos árboles parecidos a mí empezara
a caminar ensartando en sus ramas desnudas las ropas de todas las mujeres
hermosas del mundo, que la desnudez femenina fuera una
obligación para evitar inconvenientes, que los inconvenientes no fueran
obligación y que ahora no me importe nada, sólo sonreír como un subnormal con
un plátano en la mano, sentado sobre un ladrillo o una silla de plástico, en un
mundo inestable y hermoso como una burbuja de mercurio.
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